Nerviosos andamos en círculos. Leones. Oliendo los rincones de un espacio que huele sólo a nosotros mismos. Rascamos la pintura de las paredes. Probamos baldosas con hueco. Recorremos millas de parqué acuchillado en veranos de abandono. Y trazamos en el aire que se agita tras nuestro paso la imagen de los deseos que anhelamos. Que nos deseamos. En largo en corto. Parando la mirada en las puertas cerradas de proyectos que ideamos y que ahora yacen yertos, sin licencia. Recordando frases congeladas en minutos que fueron días, sin mayor motivo que el sentir nuestro aliento en el paso de la historia de letras pequeñas. La nuestra.
Y somos tontos, y lo sabemos. Porque escarbando en lo negro que cohesiona los azulejos del baño somos de pronto conscientes que eso, lo que queremos, todo, acabará apareciendo, si mirando somos pacientes, por la mirilla de la puerta.
Dicho lo cual, a mí que me den tacones y vestidos negros. Que ses lo que escriba, o diga, hace ya mucho que nos conocemos.
Y somos tontos, y lo sabemos. Porque escarbando en lo negro que cohesiona los azulejos del baño somos de pronto conscientes que eso, lo que queremos, todo, acabará apareciendo, si mirando somos pacientes, por la mirilla de la puerta.
Dicho lo cual, a mí que me den tacones y vestidos negros. Que ses lo que escriba, o diga, hace ya mucho que nos conocemos.
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