Decido no llevar libro en la mano para que luego no me estorbe en periplos vespertinos (lo de que los libros estorben o no lo dejamos para otro día, y para otro piso que no sea el mío) y abuso de mi condición de homo erectus para leerme el periódico de mis vecinos de metro.
Y topo con esto.
Ya sé que los que me conozcáis sonreiréis con malicia. Porque siempre he sido yo más de falda que de pantalón (no considero aberraciones intermedias, tales como la falda-pantalón o los pantalones tipo McHammer: herejes). Por aquello de la belleza, de la lascivia, del desplante, del control femenino ejercido, de mil gilipolleces, supongo, difíciles de entender más allá de mi mente calenturienta. Sea que podríamos discutir a fondo sobre el asunto, arrojándonos a argumentos tales como la libertad de la mujer, la comodidad, la moral judeo cristiana, Cocó Channel, la Ley de Igualdad, su pardo Ministerio, la sotana y el kilt, los disfraces de enfermera cachonda, los uniformes de los colegios recogidos para mostrar muslamen, o si al coño de la Bernarda le asoman o no los pelos bajo la minifalda. Pero no lo vamos a hacer.
Lo vamos, de hecho, a dejar para otro día, pero sí me gustaría, ya que el blog es mío y vosotros lo leéis porque os da la gana, decir unas pocas de cosas:
Que a mi me gustan las minifaldas. Me quedan francamente bien,
Que las faldas largas tipo hippie murieron con la Kelly Familie (menos mal).
Que las faldas despiertan en los caballeros sus mejores deseos. Y me importa un huevo (de los que a mí no, pero a un amigo sí le asoman por debajo de la faldita) la razón que lo justifique.
Que Jack Lemmon tenía mejores piernas que Tony Curtis.

Y que yo soy Ángel Serrano, y esto es, de nuevo, La Mala Lengua.
1 comentarios:
Cant touch this... nanananana nanana nana... Cant touch this
Y las faldas largas no están mal. Si no existieran yo nunca podría haber hecho el elefante debajo de las piernas de Borja.
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