jueves, abril 23, 2009

Todo es cuestión de tiempo

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Todo es cuestión de tiempo, cuando la mente es inquieta. La mediocridad acaba con el lustre, lo torna en pátina deslucida, sosa. Sólo la actividad creativa da juego, regocijo y desafío a las ideas creativas. Sólo el salto les basta, no la carrera.
De ese ajetreo, de esa inconstancia, nace el talento que reconoce el ajeno, que aplaude. Luego es verdad que viene la logística, el proceso, la producción. En fin, el sistema. Y meses, años, horas, de intenso trabajo, de dedicación tenaz, de obsesión. Vamos, de algo que desdice la asociación coherente, pues no es menos inquieto que el acto primero, no es menos creativo, porque cada detalle brilla, reluce.
No obstante el ajetreo es al fin y al cabo siempre el mismo. No en su fondo, o en las aristas del poliedro que todo lo enmarca. Es, como siempre culpable, la forma. Y de pronto un día al despertar lo que espera es más de la misma cosa, que diseccionada, examinada de cerca es bonita, interesante, intensa, pero desde el alto del albor de la jornada no es más que sucia y torpe rutina. Otro día lo mismo. La pátina.
La envidia que despierta en los demás, saberse posicionado en el punto en el que mueren las vías de los sueños de otros, el respeto, el alcance… acaban por ser sólo un destello distinto de color en el mismo paisaje gris. Sólo valen cuando uno las ve delante. Detrás son una mota más del polvo acumulado.
Por eso los finales tienden a ser diferentes y dispersos. Y no sólo los de las historias, que en aquellos casos de genio evidente tienden a ser cada uno, en sí mismo, una explosión de arte, una condición, una firma, una causa más, un desplante. Son los suyos propios los que difieren. Pocos acaban haciendo para siempre lo de siempre. Muchos acaban criticados, incomprendidos, echando de menos el reconocimiento que apenas un parpadeo antes casi echaban de más. Añorando el prestigio. Algunos, muy pocos, logran barnizar de mística, de arte sumo, de imposibilidad, los últimos sucesos de su obra, y de tal modo alcanzan el altar de lo imperecedero, el olimpo, la gloria.
Esto, que de todos es de sobra conocido, lo es más, y a la vez menos, por los mismos implicados. Más porque sólo ellos conocen la verdad de los momentos: el temor a la luz, la santidad del ocaso, la altura, el abrazo… Menos porque la perspectiva les es negada por principio. Y cuanto más intentan extenderse más allá de su centro para plegarse a los mejores designios en función de lo sabido, intentando salvar su forma, más se desvían, se tuercen, pues la torsión de la postura les parte el alma en el punto más débil.
J.C. Emuer tuvo una idea una noche. Su duda se había ido escondiendo de su conciencia parapetándose en los rincones que dejan a oscuras los gesto más violentos, los sueños discontinuos. Pero las sombras casuales tienden a no ser profundas, y las dudas que se alimentan de cada frase inacabada, de cada pensamiento iniciado en dirección obtusa, crecen sin permiso, son consciencia, hasta mudarse por necesitar más espacio a lugares que no podemos pasar por alto.

1.
Emuer fue razonando, y convenciéndose, de que su arte andaba muy por encima de los materiales disponibles.


Y ahí se me acaba la cosa. ¿Alguna idea, para seguir?

1 comentarios:

Unhell dijo...

Pos cojonudo.

Ni una sola aportación.
Como para preguntaros por el librito.

En fin. Uno, que se engaña.