Uno en el metro atestado hace uso de la altura para alzar el libro por encima de las cabezas de los medianos y medio insertarlo en el entramado de brazos que intentan asirse, y poder leer.
A veces, claro, no puedo. Pero pocas.
Aunque hoy... en el vagón atestado, yo colocado con la espalda en la puerta que da a un posible andén central (cosa rara: suelo estar de canto para aprovechar mi envergadura tipo Koeman)... absorbido como estaba por el libro de Pratchett... he sido violado.
Un ser humano de 1,20... no, perdón. Una enana de batalla con coraza rosa palo ha acoplado su oronda forma por debajo de mis codos (su cabeza no llegaba a mi barbilla) y, sin necesidad ninguna, se ha quedado ahí. Su enorme michelín asteroidal (doble pliegue, baja tensión superficial) restregándose al suave vaivén del vagón (uy, cuantas uves). Y así cuatro paradas. No creáis que se limitaba solo a eso. Cuando no apoyaba el hombro en mi pecho (siempre sin dejar de frotar el adiposo), recostaba (y es la única ocasión en la que el penetrador era yo) la ligera concavidad por encima del lumbar en mi panza pujante de 8:50 AM. Al menos no olía mal. Pero la superficie en contacto era de un 50% (en su caso, claro. Por la escala, un 14% de la mía).
Lo peor ha sido, sin embargo, cuando ha llegado a la parada en la que se bajaba. Porque ni corta ni perezosa se ha largado... ¡sin darme un beso!
Como ya he dicho muchas veces, el que ande falto de cariño... que madrugue y coja el metro. Joder hijos, qué experiencia.
Menos mal que con el libro ando descojonado (menos mal que Terry no me falla).
Seguimos aquí eh...
Sed buenos.
A veces, claro, no puedo. Pero pocas.
Aunque hoy... en el vagón atestado, yo colocado con la espalda en la puerta que da a un posible andén central (cosa rara: suelo estar de canto para aprovechar mi envergadura tipo Koeman)... absorbido como estaba por el libro de Pratchett... he sido violado.
Un ser humano de 1,20... no, perdón. Una enana de batalla con coraza rosa palo ha acoplado su oronda forma por debajo de mis codos (su cabeza no llegaba a mi barbilla) y, sin necesidad ninguna, se ha quedado ahí. Su enorme michelín asteroidal (doble pliegue, baja tensión superficial) restregándose al suave vaivén del vagón (uy, cuantas uves). Y así cuatro paradas. No creáis que se limitaba solo a eso. Cuando no apoyaba el hombro en mi pecho (siempre sin dejar de frotar el adiposo), recostaba (y es la única ocasión en la que el penetrador era yo) la ligera concavidad por encima del lumbar en mi panza pujante de 8:50 AM. Al menos no olía mal. Pero la superficie en contacto era de un 50% (en su caso, claro. Por la escala, un 14% de la mía).
Lo peor ha sido, sin embargo, cuando ha llegado a la parada en la que se bajaba. Porque ni corta ni perezosa se ha largado... ¡sin darme un beso!
Como ya he dicho muchas veces, el que ande falto de cariño... que madrugue y coja el metro. Joder hijos, qué experiencia.
Menos mal que con el libro ando descojonado (menos mal que Terry no me falla).
Seguimos aquí eh...
Sed buenos.
1 comentarios:
Afortunado personaje alto, que no navegas en un mar de sobacos matutinos de lo más veraniegos...
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