jueves, noviembre 05, 2009

La mala lengua v2.0

Motes

Mi abuelo, mi padre, el Pepe, el Panda y Lulú, c'est moi, hemos sido, como en general el pueblo español (hasta al escribirlo le entran a uno ganas de ponerse de pie, leñe), muy de andar poniendo motes. Con felicidad recuerdo aquella infumable clase universitaria en la que los dos focos malvados e infecciosos acabamos por juntarnos (convirtiendo en circunferencia lo que era una elipse) para comparar de qué brillante (nos parecía) manera, habíamos etiquetado a los vecinos de silla (lo de ponerle apodo al maestro se nos quedó, salvo honrosas excepciones, en el colegio privado). Doña Rogelia, la cobre Ilie, La chica del perro en la cabeza, el Hindú, Chinchito... No es un don. O sí. Es una desgracia. O no. Como la de buscar parecidos (lo dejo eso para otro día).
Se hace lo del mote sin malicia, con malicia, por aburrimiento, por deporte... Vamos, por convencimiento. Siempre tiene uno a la vuelta de la lengua un sustantivo que reemplace, en loor de la justicia contextual al que los papás buenamente otorgaron tras concilios sumarísimos y acto mojatorio bautismal (por lo general, digo, que hubo quien sacó un seis y pasó a la siguiente casilla, que no capilla). La cosa colorea, enardece... y muchas veces sostiene conversaciones postreras y da para incluso posibles discusiones. Mucho rédito para tampoco esfuerzo. Véase, vaya, que merece la pena.
Luego está lo de los colectivos (tranquilos, que voy enfilando la cosa). Porque claro... hay según qué asociaciones (no estaturarias) que tienden al tumulto sustantivo: pueblos en general (ese dúo que ya pasó por aquí, Teresa La Zorra, Juanito el Empalmao) que arrastran azañas de siglos pasados para estamparles apodos a los nonatos; equipos de fútbol, ahora con créditos a la espalda... Vamos, lo suyo, lo normal. Pero coñe (citando), me ha salido para el vademecum un colectivo nuevo. Voy: el Gordo (todo un clásico), el Bigotes (otro derroche de creatividad apelativa), el Luigi (mira, uno gracioso...), el Abuelo...
Lo sé. Si pregunto a qué colectivo pertenecen, seguro que alguno me suelta que al Mario Bros. Y voto a Bríos que lo parece. Pero no. Estos no son fontaneros (pobre Peri). Estos son unos mangantes.
Y es que claro... yo lo veo hasta bien. Mejor llamar por mote gracioso que mancillar el nombre que tan buenamente les pusieron antes de saber la clase macarra en la que se convertirían.
La reflexión: pues sabéis que suelo dejarla en blanco. Que es para no manchar, como decía Serrat, que es para darse aires, que es lo que se estila entre la chusma (ahí, tomando de ejemplo a grandes prohombres: Sicilia Team), o yo que sé. El caso es que oye, mira, les da por los apoditos.
Termino, que llevo un rato. Este alarde creativo demuestra que artes sí (de las malas, se entiende), pero no letras. Porque conozco quien, con menos euros (bueno, euros no sé si es la moneda que estos usan), le saca a según que aspectos mejor partido. Unos lindos ejemplos: el auténtico disidente, el Conde Smiorgan el Calvo, la Venganza de Moctezuma, el Cracatoa, y, por supuesto, Dodoria, el terror de Moria. Yo, por unos pocos cochazos de lujo, les suministro motes para cientocincuenta tramas.

En fin, me voy. Que tras el tostón, para variar, he acabado diciendo nada.

Ah, no. Perdón. Me dejo lo importante. Feliz cumpleaños.