Pues... en hora de trabajo, minimizo la ventana del Ps... y releo. Y al releer me doy cuenta (mentira, ya lo sabía) de que si bien puedo contar más o menos algunos cuentos, sin ser literal (por ejemplo éste), otros, generalmente los más breves, dependen tanto de la concrección de cada palabra que ganas dan de aprendérselos de memoria (como éste, o éste).
Aguanto el post del cuentacuentos por si lo lee más gente y se anima. Qué gilipollez. Quizá el único problema de ser como soy es que no hay grupo que movilizar. Ojo, el único. Bueno, ese, y que las quedadas, a la que fallan 5, nos dejan en cuadro. A santo de eso, los que no me conocen ya saben lo del cuentacuentos. Y los demás... ¿cómo es que han llegado hasta aquí?
No obstante, siempre pienso que los escaparates... están para usarlos. Aunque por esta calle apenas pase gente.
No entiendo muy bien por qué... De toser anoche como una salvaje a santo de un atragante se me pone un dolor de espalda que me tiene tieso en la silla de MAD (sí, uno que tiene suerte a veces), y como las desgracias nunca vienen solas (ole, colando refranes de rondón) me he levantado con dos nuevos compañeros: la cabeza (claro, cómo no, se cuela en todas las fiestas) y... ¡tachán! ¡Me duele la rodilla como si la llevara colgando de un hilo! Bueno, más que un hilo, de un tendón de señor fenecido.
Para colmo de males, cuando llego aquí, una caterva-versión de los curris multiplicados por 30 (en peso, se entiende) anda demoliendo la oficina aledaña a esta desde la que os escribo.A hostia limpia, oye.
Vamos que, como dice la canción, hubiera sido mejor no haber salido de mi casa. O sí, porque es miércoles, viene la señora rumana (respetable, pequeña, educada, limpia ella, buen planchando, Elena de nombem, vamos todo un partido...), y no hubiera podido quedarme durmiendo. Y ala, queda aquí otro post de esos que tanto os gustan, que habla de lo que ando haciendo, y no de videos o de accesos de verbo.
Ni de que el jueves que viene toca Ningún Tonto en la Flauta Mágica. A la hora de siempre. Pero hemos quedado en que eso no lo iba a decir.
Qué: pues ni puta idea de qué voy a contar. Se admiten propuestas y peticiones.
Me pregunta el chico que lleva ahora el bar que cómo me define para la web, que si humorístico. Yo le digo que más que humorístico, trágico. No entiende, claro. Le digo que dramático, serio. Sigue sin. Me dice que de qué suelen ir. Le digo que hablo de cosas que a veces la gente siente como suyas. Me dice: historias cotidianas. No me lo pienso, le digo vale.
Pues vale. Sé que es con poco tiempo. Pero hecha está la convocatoria.
Una señora, airándose (que no aireándose, pues empieza a dejarle marcas la bufanda en el cuello perlado ya de sudor), alterada, pegándole voces a la trabajadora del metro que, gracias a dios salvaguardada por el cristal, rellena un justificante de retraso. El marido, o compañero, largo más que un domingo sin dinero, paraguas en mano, abrigo de paño azul soso como lamer un palillo, la contempla mitad estupefacto mitad extasiado. No tengo tiempo para recrearme pensando en el fulano atado a un somier de muelles puesto de pie, con los ojos vendados, mordaza y las pelotas atadas con una cuerdita, esperando que la doña airada en cuestión le meta el paraguas por el culo. Ya digo que gracias a dios no tengo tiempo. La escena que contemplo se repite en un dejavù pastoso: la del metro que escribe, el del paraguas que contempla, la airada que repite, como si fuera a servir de alg: "es que ya está bien"
Tiene razón en lo de que ya está bien, al menos en parte, porque en dos semanas la línea cinco tres veces, la línea seis dos, y la nueve una vez (al rico atropello), han alegrado la mañana a más de medio millón de madrileñitos. Tiene razón, al menos en parte, porque venga a decir que el metro de madrid vuela, y a poner anuncios de embarazos, y luego los trenes de las líneas cinco o seis fueron dados a luz en el siglo XIV.
Pero como no venía yo a hablar de eso...
Venía a hablar del "es que ya está bien". Je. Y me quejaba yo (en plan plañidera) de lo fútil que es o no mi blog. Pues anda que la frase de marras... A la vuelta de cualquier esquina se lo encuentra uno. Vas a comprar el pan, y ¡zas! En toda la boca. El que se siente estafado por los tiempos, la que se indigna por la competencia desleal, el que responde a actuaciones comunes, la que desespera por la incompetencia ajena, el que se aflije, las víctimas usuales...
Casos habrá para ampararse en la desdicha cansada hecha verbo. Pero, en línea con lo dicho, y por no extenderme más (que esto ni cuenta de mí, ni es bello, ni es video) no abundaré en el asunto más allá de pedir que reflexionemos un segundo sobre, si alguna vez, decir "es que ya está bien" ha servido para que deje de estarlo.
Buen fin de semana. A mí me duele un oído.
ps.- ahora que releo... ¿merecía esto ser una mala lengua? Si es que sí, queridos lectores, decidlo, y lo rebautizo.
A diferencia de uno que conozco, llevo todo el día currando, haciendo algo que si bien me ha resultado entretenido, al final me ha tenido cansado de estar de pie junto a una fotocopiadora, repartiendo acciones formativas (el que esté realmente interesado en los pormenores de la cosa, que me pregunte).
Resultado final:
321 acciones formativas 2007 grupos de impartición 42015 alumnos 2 botellines 1 bocadillo de lomo 1 dolor de cabeza 1 oído dando mucha guerra 1 garganta que parece querer sumarse a la fiesta 1 pastilla
Vamos, que me quedan 15 minutos para salir corriendo.
Cada día miro las estadísticas para catar mi cuota de popularidad. Y cato que recibo más o menos cicuenta visitas diarias (desde diferentes ip, se entiende, aunque eso no cuenta la vez que miro mi blog en mi casa y en el curro, son dos visitas). Y casi podría dejar aquí abajo la lista de nombres que entra dos veces por semana. Eso viene a demostrar... que esto sólo lo leéis vosotros. Que nunca un lector extraño ha pasado por aquí y se ha quedado a vivir. Que sólo sirve para lo que sirve. Que a mis cuentos quizá les hace más mal que bien. Que la mala lengua no tiene utilidad ninguna. Que para qué entonces mi fantochada aquella de hacer un blog en el que todos jugáramos, que fuera leído, que nos diera presencia. Cuando ni siquiera soy capaz de hacer crecer el mío. Que no puedo tampoco abandonarlo. Que lo de las pegatinas sólo sirve para entretenerme. Que hoy, que me duele la cabeza como hace un mes que no me pasaba, no es el mejor momento para hablar de esto.
Sabe cuántos escalones hay desde el portal hasta el armario del baño. 101. Los segundos que tarda si el ascensor le espera abajo ya con la puerta abierta. 113. Siempre las escaleras, claro. Hace un juego de piernas para subir de dos en dos, de tres en tres, de uno en uno. Ya hace tiempo que dejó de intentar cuadrarse las cuentas. En la puerta las llaves se le caen 3 veces al suelo, y la cerradura de seguridad le retrasa hasta la quinta vuelta. El olor le golpea tan fuerte que está a punto de perder las referencias. Pero el suelo le ayuda. Un damero, le dijo el constructor, es lo más elegante. La sonrisa frenética, descolorida, le avino sin preguntar a colocar baldosas con patrón de trama no definida. Gris jaspeado, dijo. También muy elegante. 317 recuadros grises en total. En L hasta el armario del baño, once saltos de caballo. Con la trayectoria más corta, y siendo justos, pudieran ser 38. Pero son 37, no hay duda. La prisa, esta vez, el sudor que casi le llega a los ojos. El caballo es lo más rápido. El caballo, le dijo, son cuatro escaques. La mirada convenció antes que la explicación: es un falso par, a nadie se le parece. O tres por el avance, o cinco por la sensación. No puede ser cuatro. El armario por fin. La puerta. Las 13 cajas. Y en cada caja 23 comprimidos. En la farmacia ya lo saben, y tiran la pastilla 24 antes de leer el código de barras. Coge la caja, la abre. Saca la pastilla y se la traga sin agua. Sabe que no es posible, pero nota frescor en la frente, el sudor que para. Saca tres pastillas más y las arroja al inodoro. Guarda de nuevo la caja. En el armario. Y respira. Un minuto para las once. Uno.
Me gusta, como supongo que sabéis, usar a veces mi blog para dar largas cambiadas llenas de texto que habla de cosas que sólo comprenden algunos. No es, evidentemente, por exclusivismo, y nada más lejos de mi intención que hacer a alguien sentirse excluído. Leído desde mi posición, sólo son guiños que me ligan aún más a los que quiero desde la experiencia compartida.
He estado en Suiza este fin de semana. Basilea. Y claro:
- Magdalenas, croissants, muffins, pero no suizos. Ni un puto suizo. - En la tienda Nike del equivalente Basel de la calle Preciados: la foto de Puyol más grande que la de Federer (yo que pensaba que en su pueblo venderían ropa de la línea que nike le creó en exclusiva... pues nada). Ah, de Tiger Woods sí había. - Los osos (sobre todo el pianista), los 6000 osos del museo de juguetes más grande de Europa. Sé de uno que hubiera flipado con los carruseles. - El hotel más extraño en el que he estado jamás. - Navajas suizas (claro) everywhere, pero como en el equipaje de mano no puedes llevar armas de destrucción masiva... pues Pepe a joderse. - Acusado de malos tratos en plaza de la estación. - Easyjet... pues... esto... tercermundista. - Dhum, dhum.
Los lugares bonitos mejoran con compañías bonitas. Aquí estoy. Con un dolor de cabeza...
Joder. Otra vez lo mismo. Vengo pensando en explicaros lo de las pegatinas de aquí a la izquierda (derecha del texto, visto por el propio texto) y me sucede en el metro algo que hacer que se me vaya, como en el caso de la niebla, la inspiración a tomar por culo.
Línea 5. Diecisiete millones de personas en mi vagón (nada mejor para sentirse querido, sobre todo si eres tía y llevas falda y/o tienes las tetas gordas: te van a proporcionar un cariño…). Y una mujer sostiene ante sí, con la pajita mirando al techo, uno de esos minibricks de zumo (don simón para más señas: qué vinazo). Y claro, me sonrío. Ayuda, desde luego, el estado medio cómico en el que me hallo en el metro desde que ando leyendo Un Trabajo Muy Sucio, pero vamos, que yo desde siempre he sido también bastante mamarracho.
Pues el caso es que veo a la mujer canija (eso no lo he dicho, era canija) sosteniendo el zumito delante de ella, y no puedo evitar desear con todas mis fuerzas que en la siguiente parada, con el arreón de gente que desconoce la rigurosidad de según qué leyes de la física, algún gordo misericordioso aplaste su espalda invidente contra el artefacto expulsor, y convierta todo en un jolgorio de piña y uva (que no sea de melocotón, por dios, que no sea de melocotón), un manar incesante de líquido pardo-claro, bajo cuyo chorro exultante comiencen a desnudarse y bailar los sudamericanos de metro treinta, los encorbatados sudorosos (hoy no, hoy me libro), las madres que amamparan (qué bonito, como amamantan, pero con abrigo y cara de mala hostia) a sus pequeños hijos, las estudiantes de biología que leen libros coñazo (menos mal), los que se empeñan en leer El Mundo a página abierta (coño, cómprate el ABC, que amén de ser más pequeño, viene con grapa) y todos los jodidos lectores de Crepúsculo, El Clan del Oso Cavernario, Ángel Ruiz Zafón, Catherine Neville (3 libros: uno muy bueno, uno muy malo, uno no sé: todal, un tercio de probabilidades), Un mundo sin fin (o como se llame la jodida segunda parte) y, desde luego, los escasos pero siempre queridos adoradores de Dan Brown (angelitos). Todos piel, zumo, billetes de metro, periódicos de metro. La masa primigenia. Y yo, claro, con la ceja izquierda levantada.
No ha pasado, así que he seguido leyendo.
Pd.- Y para qué voy a explicar lo de las pegatinas de aquí a la izquierda (derecha del texto, visto por el propio texto), si con hacer click lo descubrís vosotros mismos. Ale
Lo malo de las conversaciones mantenidas al amparo del cachondeo y de la noche, es que las promesas que hago de hablar de cosas en el blog al día siguiente suelen quedarse allá donde van los sueños, si se tienen. Si no lo que pasa es que no te acuerdas y punto. En los casos en los que la cosa va de videos, o fotos (que es lo más normal), realmente es una pena, por cuanto es un aporte más. Cuando la cosa va de meterse con alguien, igual es hasta buena idea. Por no abundar en el mal ajeno, y por tanto seguir comprando boletos para que me toque el viaje al infierno, y, a la que vas, para que no sufran, si lo leen, aquellos que iban a ser objeto del escarnio. Pues eso, que menos mal que me suelo olvidar.
Entradas para La bella y la bestia: 110 euros. Gastos de emisión de las entradas: 3 euros. Gastos de transporte: 5 euros. Lo que vales tú, que es UN MONTÓN… no tiene precio.
Me suelo olvidar… pero no siempre. Sabes que te quiero (y que no se me ofenda nadie).
Salgo a la calle y empiezo a divagar sobre el baile de las motas de agua frente a los faros de los coches, la inconsistencia de los contornos, lo complicado que es hablar de la niebla porque tras Unamuno a ver quién le pone título a la cosa… En el metro juego con la idea mientras leo (lo cual da una idea de la exigencia de mi lectura), ver cómo lo afronto, como lo cierro… y zas. La copia española (por el grosor de las arrugas, Soria) de Mao Tse Dung (o como cojones se escriba). Y claro, a tomar por culo las nieblas, los faros y Unamuno (es un decir, vuecencia me perdone). Porque con el doble de Mao uno se pone a pensar que:
- La jodida frase de MadreGilda (otra de dobles) era “Ni mus ni hostias. Envido, envido y si hay pares tres. Que a tiros gané la guerra y a tiros vais a tener que echarme” (pensad en Echanove poniendo voz de pito con bigote fino – para otro día la reflexión sobre el tema bigotes)
- ¿Qué coño sabe la gente de Mao? Porque si para algunos fue otra dosis más de decepción comunista, para mi madre no pasa de ser un chinito simpático que sale en los cuadros y es de izquierdas como ella, y, para muchas niñas monas será el tío que le puso nombre al cuello de chaqueta ese redondito cerrado, tan mono. Dejo fuera de mi análisis a los logsianos que no son niñas monas.
Y oye mira, post al canto.
Ala, sed buenos. Y dejad a Unamuno y Mao en paz, que mucho tienen con lo suyo (con lo de estar muerto, digo).
Hielo que ayer fue nieve formando rocas de rigor confuso que cubren las baldosas ayer felices con sus nuevos ropajes. Un aire frágil, fino más aún cuando nos roza de canto, se empeña en almorzarse nuestras ganas de quietud, mas a cambio deja en la patena un rubor que arranca sonrisas en ajenos, pues evoca un corazón que aviva el fuego como sana competencia. Dedos que ya son ramas, que articulan como pueden, que se esconden. Y un infierno calmo, tranquilo, esperándonos tras las cancelas. Es invierno, todavía.
Vengo a escribir algo con las llemas ardiendo de palabras, y cuando afronto el blanco (pues el editor lo es, no así el lienzo) me quedo sin frases que coser al forro del vestido. Vaya. Así que tiendo a lo común. Sea: la verborrea injustificada en torno al hecho de querer decir y no saber el qué. Tan sólo, si cabe, un frase. Qué coño, la casa por la ventana, que estamos de rebajas. Dos frases.
Mi compañera María mira un segundo a la ventana… y sonríe. ¿Llegarán vivos todos los monitores al curso en el Atazar? ¿Dará tiempo al elemento percusivo de NT a volver a tiempo para ensayar un poco? ¿Podrá el elemento armonioso de NT acomodarse la agenda para cuadrar tiempos? ¿Orinará Volvo firmando con su nombre? ¿Me acostaré el domingo a la hora pretendida? ¿Encontrará Íñigo Montoya al hombre que mató a su padre? ¿Se debe el ambiente alegre de hoy en mi generalmente seria oficina, a que somos, como ya dije, distintos bajo la nieve?
Es la primera entrada del año. No la que se paga por la fiesta-cotillón porque fue casi gratis (y de las mejores que recuerdo, aunque nos faltó el concierto de percusión en los ceniceros del Guli). No la que no sé como se consigue para el concierto de Año Nuevo. No la entrada de cine que se paga para llenar la tarde del día de Navidad.
No. Es la primera entrada del blog del año. O el primer post, como digo a veces.
Y podría haberme dado por lo literario, como otrosaños, o por los vídeos (a sabiendas que es casi lunes, y los lunes ya se sabe), o por la crónica de lo acaecido.
Pero me ha dado por lo vulgar, que a veces también desatasca.
Seguimos todos ahí, menos los que se fueron.
Sed buenos, o no. Y vamos a por todos. Que tiene la cosa muy buena pinta.