A tiempo de pagar los 25o euros que me preinscriban en el máster de diseño gráfico, animación multimedia y dirección de arte de CICE, voy y retorno a la sala de las mil preguntas.
Porque todos los amigos de mi edad acabaron algo que yo no fui capaz de terminar. Porque Miguel habla de un techo de cristal que es verdad que existe. Porque si bien estoy en una empresa en la que podría medrar y ascender, no podría irme a otro sitio donde no me conocieran. Porque mi CV ocupa 5 páginas, pero a base de experiencia laboral inconexa, insuficiente para trazar un camino, dice muchas cosas, y en realidad ninguna. Porque no hay un camino, y ese es el problema.
Me salí del camino de baldosas amarillas, y eso me dio la libertad de elegir, con 27 años, lo que quería para mí. Elegir sabiendo. Desde la experiencia. Pero elegir... ¿el qué?
Acuerdo con quienes me escuchan que lanzarme a matricularme de una titulación universitaria ahora sería un absurdo tremendo. Por eso convence el máster de un añor. Pero... un máster en diseño gráfico... es tan específico, tan concreto... que no cuadra en mi plano general difuso y continuo. O sí. O no. O mal. Y luego eso de que al final debería volver a la universidad. A qué...
Así que enturbio la mirada cuando me dicen que le eche ganas, que luche por lo que quiero. Durante años me falló la primera parte, lo de luchar. Ahora me falla la segunda.
No sé. No sé si quiero comentarios a esta entrada.
Me piden anoche, por sms, el tercero que recibo en veinte minutos, que a santo de lo que dice el primero, escriba un panegírico en el blog. Y no sé si puedo.
Menos mal que ya no llevo la vida que llevaba, porque me pasaría la mañana viendo programas coñazo de revivals, biografías, trapos sucios... y un tumulto infame de personas hablando como si supieran de alguien de quien en el fondo no saben nada. El que quiera una biografía que se la busque. Yo estoy aquí para esto:
Escuchaba la cinta que mi tío Pedro Luis tenía en casa de mi abuela. Thriller. Año 1984. Me regalaron por mi cumpleaños Bad en Vinilo el año que salió. 1989. Me grabé de la tele y vi 40 veces Smooth Criminal. 1989 también. Llegó Dangerous, y ese video, y esa pantera. 40 veces se quedaron cortas. Año 1991. History. Cuando parece que no hay más, un grandes éxitos bien acompañdo. Y They don't care about us. Año 1995. Concierto en Valladolid. Volviendo a Talavera a las 3 de la mañana, con mi prima y su prima durmiendo en el asiento de atrás, mientras comento con mi tío Emilio que menos mal que lo hemos ido a ver, que a saber. Aunque no parecía estar mal. Cómo se movía. Billie Jean. Cómo cantaba. You are not alone. Cómo hacía sentir. The way you make me feel. 1996. Al final sus discos nuevos acabaron perdiendo mi partida contra Pearl Jam, Metallica, Alice in Chains (se murió en 2001 y nadie dijo nada), Soundgarden... Mike Oldfield... Silvio, Serrat, Sabina... Aunque los seguí comprando.
Y ahora... no sé qué decir. Ya la tele nos bombardeará con eso de que Thriller es el disco más vendido de la historia, con lo de sus escándalos (el niño por la ventana), de sus videos... Esos videos que salían en el telediario. En los telediarios.
A pesar de todo.
Nadie se enteró de la muerte de Leany Staley (Gonzalo y yo, nada más). Me perdí la de Morrison. Me perdí la de Elvis. Me perdí, porque con 11 años uno se pierde las cosas, la de Freddy. Esta no me la he perdido.
Cualquiera que me conozca de dos lances pensará que lo mío con el implacable doctor encarnado por el británico Laurie viene a santo de lo hijoputa que es. Cierto, en parte. Pero incompleto. Si no, me hubiera aficionado a otros personajes, desde Nip Tuck a Hospital Central.
Lo que de verdad me hace andar pendiente de los martes... es que a veces se le enturbia la mirada, y parece humano.
El capítulo de ayer... en fin. Como dijo un amigo mío que también lo sigue... Tremendo.
Sale un sol de justicia que hace arder los secos matojos de la infamia. Y las llamas que lamen los cortos tallos bailan compases extraños, y murmullan por lo bajo una melodía cansada, de siempre. Es el canto de los fuegos, de las hogueras nocuturnas. Es muerte de la miseria. El incendio, el final de la desgracia. Y de la tierra abrasada nacerán, cuando el agua de lluvia bañe las motas germinales traidas por los vientos, los nuevos brotes verdes, amarillos, y rojos, de la vuelta a la vida, de la esperanza encendida. Y saldrá un sol de justicia que reconocerá las almas de sus fieles, y horneará con sus rayos el brillo de las hojas incipientes. Por donde quiera.
Una vez anduve paseando mi lengua por el cortante filo de los altos bajos de aquellas minifaldas que las enfermeras, con todo su derecho, se negaban a llevar. No volveré a aquello, porque he venido a otra cosa. Lo de yo es que en traje no estoy cómoda. A ver. Que yo entiendo lo de los tacones. No deben ser buenos para la espalda, ni para los tobillos. Otra cosa es que si yo hubiera nacido del lado que se sienta en la taza para orinar, los llevaría todo el día puestos. Como mi mamá. Pero no es el caso. Es una opinión lo de que embellecen, alargan la pierna, estilizan... y desatan la lujuria. Pero repito, no es el caso. El caso es la de es que yo en traje chaqueta, o arreglada (que nadie dice falda, y menos corta) no estoy cómoda. Yo respondo... ¿que te tira de la sisa o qué? Pero no, no es por el sastre. Es que vestida así no soy yo, no me siento segura, no es mi estilo, parezco una madre (ganas dan de decir lo de quizá deberías plantearte serlo) y otras muchas maritorneces de autoconvencimiento, que no hacen sino dar alquil, lijar y emplastecer complejos a los que preferimos no poner nombre. Por que yo, como casillas, en pijama (que no gasto), en traje, en chándal de táctel, con la camiseta de iced earth en evento patrocinado por jevi españa, de jack sparrow (bueno, era más bien gitano con gorro), de asno de shrek (no niño, no soy un conejo), de jenny lee o de arcipreste de hita... me siento seguro... Porque el menda es el menda se adorne como se adorne. Porque la gracia está en verse guapo de cualquier guisa, de saberse dentro del sayo, portándolo, con gallardía, y no colgando de él. Porque es de menudos no entender que a veces, y concuerdo que con desgracia, es necesario lucir según que aspectos, para franquear según que barreras. Sí hija, así de duro. Y no hablo de los porteros de discoteca (que no gasto, y que nunca me han tirado por la pinta). Hablo de técnicos de recursos humanos, profesores de universidad, bancarios varios, alumnos hostiles, presidentes de asociaciones, aforos arquetipados... Hablo de que es ser más listo, más alto, más guapo, de que saber que si para entrarle por el ojo al subnormal de turno debo ponerme pajarita, me la pongo, porque el que la lleva soy yo, que valgo mil veces más que el de enfrente, y no me alzo como el Ché Guevara del Trafaluc combatiendo a la estupidez humana con la mía propia. Vamos, seamos inteligentes, ya adultos. Que yo, con el calor que hace, ojalá pudiera ir en falda todo el día, para que se me ventilaran bien las pelotas.
Perdón por lo soez, pero es que con la que está cayendo, según que sandeces me engrosan los gránulos de la lengua. De la mala.
pd.- A éste mismo, no le importaba vestirse... de traje.
Uno en el metro atestado hace uso de la altura para alzar el libro por encima de las cabezas de los medianos y medio insertarlo en el entramado de brazos que intentan asirse, y poder leer. A veces, claro, no puedo. Pero pocas. Aunque hoy... en el vagón atestado, yo colocado con la espalda en la puerta que da a un posible andén central (cosa rara: suelo estar de canto para aprovechar mi envergadura tipo Koeman)... absorbido como estaba por el libro de Pratchett... he sido violado. Un ser humano de 1,20... no, perdón. Una enana de batalla con coraza rosa palo ha acoplado su oronda forma por debajo de mis codos (su cabeza no llegaba a mi barbilla) y, sin necesidad ninguna, se ha quedado ahí. Su enorme michelín asteroidal (doble pliegue, baja tensión superficial) restregándose al suave vaivén del vagón (uy, cuantas uves). Y así cuatro paradas. No creáis que se limitaba solo a eso. Cuando no apoyaba el hombro en mi pecho (siempre sin dejar de frotar el adiposo), recostaba (y es la única ocasión en la que el penetrador era yo) la ligera concavidad por encima del lumbar en mi panza pujante de 8:50 AM. Al menos no olía mal. Pero la superficie en contacto era de un 50% (en su caso, claro. Por la escala, un 14% de la mía).
Lo peor ha sido, sin embargo, cuando ha llegado a la parada en la que se bajaba. Porque ni corta ni perezosa se ha largado... ¡sin darme un beso!
Como ya he dicho muchas veces, el que ande falto de cariño... que madrugue y coja el metro. Joder hijos, qué experiencia.
Menos mal que con el libro ando descojonado (menos mal que Terry no me falla).
Pensaba empezar diciendo "Compasión no pido porque no merezco el suave tacto de las manos que consuelan". Pero me ha parecido excesivo. Así que he pensado que era mejor decir que este blog mío no sé de qué me sirve. Una noche consiguió atrapar los ojos de alguien que lo leyó completo, y durante los siguientes meses combatió a mi lado para que alguien se quedara conmigo. Pero ahora, tras más meses de intentar esgrimir su negra página de nuevo para defender lo que más quiero... noto que a alguien no le sirve de nada. Porque el blog al fin y al cabo está relleno de palabras. Mías. Y esas palabras mías son, junto conmigo, las culpables de todo. Como siempre. Soy palabras. Y lágrimas. Nada más llegar a la oficina. Lo siento.
Claro, un tío de mundo, como yo. La única diferencia es que yo como homenaje a lo de los chinitos publico en mi blog, y él prefiere aparecer ahorcado, y desnudo, en un armario de un hotel en Bangkok.
Hoy hace 20 años del día en el que un gobierno que se suponía comunista decidió atender a las peticiones del pueblo sacando los tanques a la calle. Hoy hace 20 años del día en que murió la esperanza roja, la posibilidad. Hoy hace 20 años del día en que el régimen mutó del gobierno del pueblo a un despotismo ilustrado, con muy poco lustre. Hoy hace 20 años de la matanza de la plaza de Tiananmen.
No olvidemos. La historia es lo único que nos hace humanos, porque nos muestra lo poco humanos que somos.
La pena es discreccional. Por eso cien mil refugiados no dan tanta como una niña con dos coletas en mitad de un parque. Le pasa como a la presión, que a igual fuerza pierde con la superficie. Por eso, por mucha pena que nos demos a nosotros mismos, pensando en lo solos, o en lo mal, siempre nos da mucha más pena la voz rota al otro lado del teléfono, la órbita en rojo, la carrera de las lágrimas mejilla abajo. Es, en fin, en otros. Pero eso si es pena. Porque la pena suele llevar consigo una pátina de distancia, de inocencia, de no implicación.
Lo malo de las lágrimas de noche es que por evitar regar la almohada y ahogarnos en la marisma de sus pliegues, cazamos con la lengua todo lo que corra rostro abajo. Peor es aún, si cabe, si tenemos en cuenta que su sabor salado nos quita el hambre de medianoche, pero nos deja a cambio un gusto a soledad y tristeza que no alimenta, sólo invita a seguir llorando, aunque sea mañana.