Hay un gato durmiendo, enroscado, sobre la tapa del piano. Por más fuerte que el pianista aporree las teclas al felino no parece importarle. Quizá el resonar afine con su ronroneo. Quizá le guste el be-bop. Tal vez no tenga donde ir.
Al ritmo de la música, como volutas, los cuerpos se retuercen, giran, se sostienen apenas. Todos en el ritmo binario, presos de patas en él.
Sólo el gato no parece ceder al empuje, sólo se esconde de perfil entre las rachas de notas. Sólo él, que es un gato durmiendo enroscado sobre la tapa del piano. Y yo, que a través del filtro torpe de las lágrimas miro mitad envidioso mitad hastiado desde la esquina más oscura del sálón. Quieto y silencioso. Como un gato durmiendo enroscado sobre la tapa del piano.
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