miércoles, abril 14, 2010

Ito

Vaya por delante, aunque no tenga mucho que ver, que yo no tengo nada en contra de los andaluces. Ni a favor. Pero uno hoy me ha ido a caer en gracia. Será por el poco rato que hemos estado juntos. 6 segundos.

Adelanto a un pollo trajeado, pero mal, que camina, mal también, por Juan Bravo. Es largo, más que un domingo sin dinero. Y andaba ya por tornar mi atención en otras cosas (todas las demás) cuando le oigo decir: "no, vino el otro, er que era gordito. Sí, er gordito. Gordito. Gordo, vamoh"

Ya digo, que no tiene nada que ver con acento o lugar de nacimiento. Es lo mismo que cuando me decían de pequeño "tío cómo te pasas". No me paso, ni me quedo corto. Acierto. "Llaneza, Sancho, que toda afectación es mala". Pues eso, Gracián al poder. Porque el diminutivo cariñoso no soporta dos rascados. Gordito... es un eufemismo para perezosos del verbo.

Mi madre dice: "Hijo por Dios". Y todo porque cuando alguien cruza como si fuera camino de la tumba un paso de cebra alumbrado por semáforo en rojo digo (táchese lo que no proceda):

- Vamos (vieja/gordo/enano/bobotonto...).

Que no es ser borde ni maleducado, sino eficaz.

Véase lo mencionado antes. O este ejemplo:

"No, vino una amiga de Pili. No, la que tenía un novio que era ciclista. No esa no, la que trajo al cumpleaños de Luisi un jersey con dinousarios rosas. No, esa es Maite. Es la que... aquella que te dijo que casi se matricula de Derecho pero que no lo hizo porque decía que era zurda..."

Agotador. Elige la cualidad que más impronta haya dejado en los que la hayan podido ver, y úsala. Veamos:

"No, vino una amiga de Pili. No, la que parece el Vesubio antes de arrasar Pompeya. Sí, esa."

Dejémonos de gilipolleces, vueltas tontas, roscas lingüisticas y cera barata. Como el rodeo no nos va a dar para ganar un Pulitzer, pues coñe, se abrevie y se deje la poca lumbre para otros menesteres.

Ale, al epíteto.

Digo.